A las nueve de la noche Madrid se mecía en un confuso mar de fondo por Príncipe de Vergara. En la cafetería Hontanares había caras largas, poco alboroto, pero el mismo trajín que otro lunes cualquiera. Después de telefonear al periódico y a tu madre, apuraste varios vasos de güisqui y cogiste un taxi a Torrejón de Ardoz. La base aérea parecía una ciudad residencial, con anchas avenidas de dos carriles, glorietas ajardinadas, bulevares horteras y la pista de aviación más larga de Europa. Los yanquis la salpicaron de restaurantes, polideportivos, boleras, campos de golf, y la llenaron de rancheras en fila india pegadas a los bordillos y camionetas con cartola que vendían perros calientes y patatas fritas en cucuruchos de cartón. Un guripa veterano como tú podía codearse con aquel ejército de negros musculosos y rubias entradas en carnes, pringarse de hamburguesas en el Fast Food y beber latas de Budweiser con la sola condición de ir acompañado por alguien que llevara en la cabeza una gorra de plato. Welcome to America! España seguía siendo diferente. Al mando único del militar asturiano Luis Fernández Roca, «¡a la orden de usted, mi coronel!, ¿ordena usted alguna cosa más?», en la zona castrense de Celtiberia los edificios eran grises, rudos, monótonos, aunque una mente precursora asentara una fonoteca donde se podía escuchar el bolero de Ravel y algún concierto de Mozart. Por algún sitio había que empezar. Después de jurar bandera, el Ala 12 fue tu destino y la Plana Mayor tu lugar de trabajo. Así que, la mañana del día veinticuatro de febrero de 1981, tú tenías una silla en la fila cero, una máquina de escribir junto al brigada Güelfo y una resaca como la de un capitán general. Os desayunasteis con una caja de medias cervezas y un gaudeamus de escritos: al JEMA, al MACOM, a la BRIPAC, a la JUJEM, al INTA, al 43 Grupo de FF.AA, al 122 Escuadrón…: —¡Al coño de la Bernarda! —bramó a las once Güelfo por lo bajini. De los despachos entraban y salían el capitán Criado, el comandante Sanz, el teniente coronel Lombo; en el pasillo se amontonaban las colchonetas de una noche tensa sobre baldosas; de los negociados de al lado salían voces clamando milagros en forma de partes impresos en tinta y, al mismo tiempo, implorando que ninguno perdiera el oremus. «Alegre la mano, tenaz el empeño, la rosa del viento tomamos por cruz…». Para cuando García gritó en la radio que colorín colorado, ya habíais completado tres abultados libros de firmas llenos de papeles con sellos de Confidencial, Reservado y Secreto. Y todos urgentes. Urgente. El santo y la seña y la contraseña, a la puta carrera, ni tiempo para mear. Lo más escabroso lo ventilaba el brigada, tú a escribir y a callar. «Nadie va al trullo por mantener la boca cerrada», pensabas. Y pensabas juicioso. Escuchaste salidas de tono, palabras gruesas, derrapajes verbales, y palpaste arrestos por insubordinación, mayormente de suboficiales chusqueros, y de algún que otro oficial. —¿Cómo? ¡Joder, vaya puro! —le dijiste al brigada. —¡Chitón! ¡A las teclas! —te contestó él. Por la tarde saludaste a José María Orea Malo, un piloto de «Phantoms» que llegó a general jefe del Estado Mayor del Mando Aéreo de Combate, muchos años después de haber bebido sidra juntos, culete a culete, en el viejo Escarpín de la calle Libreros. Pero, un momento, veamos, conectemos el radar aquí: ¿Quién coño era aquel miliciano que recibía todos los días La Voz de Asturias, envuelta en una faja postal que ponía bajo su nombre simplemente «Colaborador»? ¿Sería para despistar? ¿Un soldado del cupo forzoso en un cuartel plagado de voluntarios? ¡Qué raro! Y, sobre todo, ¿por qué diablos estaba en aquella oficina un escribiente con los apellidos Campo Fernández y por qué había nacido en Oviedo como el general que, casualmente, se apellidaba Fernández Campo, secretario de la Casa Real? Hay cosas que nunca se saben y hay cosas que es mejor no saberlas nunca. Si la suerte de un país se jugó en seis palabras y en una frase, tu mili era bastante probable que avanzara con fortuna por ese hangar de misterio. Don Sabino había afirmado tajante: «Ni está ni se le espera», al jefe de la Acorazada de la Brunete; tú respondiste con media sonrisa: «Ni lo confirmo ni lo desmiento», al recluta que quiso tirarte de la lengua para irle con la embajada al jefe de una escuadrilla. Bien sabías que el rumor del parentesco se había ido diseminando, pero ningún superior se atrevió jamás a preguntártelo en serio. Hace cuarenta años no era cosa de arriesgarse, no fuera a ser que… ¡no fuera a ser que fuera verdad! Como rezaba el emblema del Ala 12 debajo de los bigotes del gato: «No le busques tres pies». Al día siguiente, veinticinco de febrero, Lombo llamó al brigada Güelfo y al soldado Campo a su gabinete. ¿Que qué? Se miraron a los ojos con gesto de preocupación, no existía precedente, desconocían el motivo, la camisa no les llegaba al cuerpo: «¡A la orden de usted, mi teniente coronel!» Escuchasteis una felicitación amable, un elogio breve sobre la ejemplaridad, la discreción, la lealtad, el sentido del deber, un gesto de cortesía que traía en la metopa diez días de permiso como diez relucientes cajas de güisqui. En tu cabeza, al oírlo, comenzaron a sonar trompetas celestes, muchas más que los tiros al aire disparados en el Congreso. A mediodía, Güelfo propuso celebrarlo, él pidió una botella de Johnnie Walker y cuando la vaciasteis le dijiste riéndote: ¿No vendría mal otro golpe dentro de un mes, verdad mi brigada?
 P.S.: José Manuel Güelfo Acale, brigada del cuerpo auxiliar de oficinas militares y secretario del Patronato de Casas del Aire (el jodido «Cabronato» en manos del brigada «Guolfo», solía decir con muy buen humor), alcanzó el rango de subteniente y falleció algunos años después. Tú nunca has dejado de recordarle con grandísimo afecto. Nada confidencial será revelado jamás. Ese fue vuestro pacto. El teniente coronel Juan Antonio Lombo López ascendió a general y fue nombrado jefe del Estado Mayor del Aire en 1997. El teniente José María Orea Malo fue jefe del Ala 12 (con base en Torrejón de Ardoz), asesor del jefe de Estado Mayor del Ejército del Aire, jefe de la División de Operaciones del Estado Mayor del Ejército del Aire, representante en la Military ATM Board de Eurocontrol y general jefe de Estado Mayor del Mando Aéreo de Combate.